Lleva tres meses viendo vídeos de manicura antes de dormir.

La manicurista de mesa de cocina: cómo mujeres normales empezaron a cobrar 30 dólares por sesión sin tener salón.

Para la que lleva meses viendo vídeos antes de dormir, sin atreverse a empezar, porque no sabe si servirá ni si va a tener tiempo entre el curro y la casa.

Y cada vez sabe distinguir mejor el polygel del acrílico.

Sabe qué marca aguanta tres semanas.

Hasta qué lámpara tiene mejores reseñas.

Pero por la mañana suena el despertador.

Y sigue cobrando lo mismo. En el mismo sitio. Por las mismas horas.

Mientras tanto, su prima en Madrid lleva dos meses cobrando treinta euros por sesión.

Su vecina del quinto, lo mismo.

Y una compañera del curro lo dejó hace cinco meses.

Ella sigue viendo vídeos.


Si llevas semanas o meses sabiendo que esto se te daría, y aún no te has atrevido a empezar porque no sabes si servirías, porque no tienes dinero para invertir o porque entre el curro y la casa no encuentras un hueco, entonces sigue leyendo.

Porque hay miles de mujeres como tú.

Y ya pasaron por ese sofá.

Te cuento una.

Trabajaba en la caja del supermercado del barrio. Turnos partidos.

Quería un extra. Como tú.

Primero probó vender ropa por Wallapop.

Sacó dieciocho euros en dos meses.

Después se apuntó a un curso de inglés online.

Lo dejó en la tercera clase.

Pidió horas extra al jefe.

No había.

Y un día su hermana le pidió que le pintara las uñas para una boda.

Se las pintó.

La cuñada de la hermana las vio en la boda.

Le pidió las suyas.

Cobró quince euros la primera vez.

Veinte la segunda.

A los tres meses tenía los sábados llenos.

¿Y qué cambió, en realidad?

Una sola cosa.

Pagó un curso.

Menos de cincuenta dólares.

Lo que cuesta una cena para dos un viernes.

Y dejó de regalar el tiempo. Empezó a cobrarlo.

Lo que te llevas dentro del curso

Y mientras lo lees, el descuento sigue puesto.

49,99 dólares.

La mitad del precio normal.

Una sola vez. Y lo tienes para siempre.

Hotmart te devuelve el dinero si en siete días no te convence. Sin pedir explicaciones.

No es la decisión de tu vida.

Es lo que cuestan dos cenas fuera.

Es el siguiente vídeo.

Solo que este, en lugar de verlo, lo haces tú.